El viernes pasado (6 de marzo) se me
olvidó el móvil en casa. Lo cierto es que llegué a “sufrir” en
cierta manera porque no sabía cómo iba a pasar todo un día sin él.
Entonces me acordé de este blog y empecé a pensar en cómo nos
afecta la tecnología.
Se me vino a la cabeza mi prima
pequeña (tienen 2 años) jugando con una tablet el día de su
cumpleaños como si hubiera nacido sabiendo cómo usarla (pues
aprendió de forma muy rápida). También pensé en esas comidas
familiares del domingo o reuniones con los amigos en las que
predominan más los mensajes por whatsapp que el diálogo entre los
que estamos ahí o ese paseo por el pueblo que pasé haciendo fotos
simplemente por querer subirlas a las redes sociales después.
Con esto quiero decir que la
tecnología ha invadido nuestro mundo y cada día se sigue
reinventando para seguir teniéndonos en sus redes, y cada vez nos
atrapa antes. Parece que estamos inmersos en ellas y más preocupados
por que el mundo sepa qué pasa en nuestras vidas que por disfrutar
verdaderamente de ellas.
Me asustó pensar en la
deshumanización que podríamos sufrir si estamos más
preocupados por estar conectados con una máquina que por conectar
con las personas de forma real, es decir, más allá del mundo
digital.
Por suerte, todos estos miedos se me
pasaron. Mi prima al final dejó de lado la tablet y se puso a
jugar más entretenida con el papel que envolvía el regalo (como yo
misma hacía cuando era un bebé). Una persona en el grupo alzó la
voz pidiendo que nos alejáramos de los aparatos electrónicos, y la
gente (no sé si por vergüenza o por verdadera convicción) lo hizo.
Y yo sobreviví estando todo un día sin móvil.
Así, a pesar de que a día de hoy
la tecnología es necesaria para prácticamente todo, me di cuenta de
que sí es posible que haya un equilibrio entre el mundo digital y el
analógico.